sábado, 9 de marzo de 2013

«La colina de cadáveres en la nieve», de Uri Zvi Grinberg


Matanza en las hondonadas ucranianas de Babi Yar, a las afueras de Kiev, por un comando especial de las SS (Einsatzgruppen). Se calcula que un 30 % de los judíos asesinados en la Solución final lo fueron de esta forma.





(Carlos Morales. En preparación)
La colina de cadÁveres en la nieve




Cuando sacaron a mi padre de la casa para conducirlo a la colina de
(cadáveres, 
en los nevados campos extranjeros aulló el general alemán: ¡A desvestirse!. 
Y mi padre comprendió cuál era la sentencia.
Se quitó mi padre el abrigo y los pantalones como si se quitase la realidad
(del mundo,
se arrancó los zapatos como para el duelo de la tarde de Ab,
y se quedó en su ropa blanca, con las medias...
¿Qué había más desnudo que su desnudez
bajo la bóveda del cielo y en el campo nevado, aquel día, en el mundo?
Nunca se había encontrado tan desnudo bajo el cielo
y la negra y pequeña kipá de su cabeza,
a no ser por las noches al pie de la cama,
o en la casa de los baños, cuando se quitaba la ropa blanca,
las medias y el gorro, y no miraba los pudores de su carne hasta que las aguas
por una y otra parte la cubrían, como quien baja a adorar a lo profundo.
Pero cuando el general vio que mi padre estaba aún en ropa blanca,
con el gorrito en la cabeza, aquel malvado
le asestó un golpe entre las paletillas con su arma fría,
y mi padre tosió y cayó de cara, como delante de Dios,
se postró profundamente hasta lo más hondo de la vida y no se levantó:
emitió un quejido, como el fin de una última plegaria,
y  nada existió después fuera de los cielos nublados y de la colina de cadáveres
y de ese general que resoplaba sobre la nieve
enrojecida con la sangre que salía de su boca.
Y al ver el general que no se levantaba, metió la puntera
de su bota negra por debajo del vientre del venerable padre
y le sacudió y lo puso boca arriba, y parecía que la tierra pagana
le pegaba en el rostro puntapiés.

Y al anochecer brotaron las estrellas y creció la colina de cadáveres en el
(campo,
y la nieve caía en la noche con una abundancia cruelmente blanda...
Así lo quería Dios. Se notaba que había Dios,
aunque era el Dios de los paganos. No hay Dios para Israel.
Sólo la nieve era testigo, la nieve que bajaba del cielo en abundancia...

 Acertó a pasar por aquel sitio Rabi Uri de Strelisk, el Serafín, el abuelo,
sin que se oyera ruido alguno de pasos, ni respiración en el aire.
Abrió su boca y dijo susurrando:
ah, cuerpo que era arpa de las oraciones de Israel,
boca que derramaba consuelo al afligido,
¿cómo es que te cubre la nieve infinita de los campos paganos?
¿Dónde fueron a parar tus oraciones, nieto mío?
¿Dónde fueros las mías?
¿A qué región del mundo?
En la colina de cadáveres se agitó y se deslizó
el pequeño Samuel, a quien llamaban Samuelito. Rebulló
y se deslizó a los pies del abuelo Rabi Uri de Strelisk,
el Serafín...Gimoteó como un chiquillo y
no abrió sus ojos porque no podía. Palpó
con la palma de sus manos pequeñas los zapatos del abuelo,
y el abuelo se inclinó hacia él, y le besó en la frente y le dijo:

Bebé mío, criatura santa.
Contestó el hijo de mi hermano venerable, el chiquillo
de nombre Samuel, a quien llamaban por cariño Samuelito:

Abuelo, abuelo, ¿por qué no viniste antes con una muchedumbre
de serafines y de ángeles?
Abuelo, abuelo, ¿dónde está el Dios de los judíos?
Entonces el niño se calló,
y se quedó tendido a los pies del abuelo Rabi Uri,
que se había retrasado con sus lámparas
y no había traído un ejército de ángeles
como escudo a nuestra casa.
Y Rabi Uri de Strelisk, el Serafín,
estaba doblado, de rodillas, helándose en el campo extranjero.
 Y la nieve caía. Caía. Caía...



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  En un dramático–y real– camino de retorno, algunos de los 130 niños que sobrevivieron a Auschwitz vijaron de nuevo al escenario de aquel apocalipsis con un grupo de estudiantes israelíes de secundaria, en el que se encontraban sus hijas. El encontronazo de dos generaciones distintas con aquella memoria de dolor provocó una gigantesca catarsis individual y colectiva, cuya historia fue narrada por la psicóloga infantil Amela Einat en La cicatriz del humo, Esta novela coral pone de manifiesto las diversas formas de experimentar la presencia real de aquella tragedia en todas las generaciones del Israel contemporáneo, de cuyas patologías Amela Einat es una reputada e innovadora especialista


Amela Einat.



"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci


















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