viernes, 12 de abril de 2013

La última Carta de Julius Joseph a su hijo Arno, antes de ser deportado a Auschwitz







«Te estoy escribiendo en momentos difíciles para mí, ya que supongo que ésta es la última [carta] de nuestras vidas. No queremos quejarnos sobre esto…Hemos vivido nuestra vida dignamente, y quisiéramos, si no queda otra alternativa, recibir la muerte de igual modo... Tal vez no volvamos a vernos nunca. Pero con todo mi espíritu te abrazo, y apoyo mi mano sobre tu cabeza y te brindo desde la distancia una bendición de padre (...): "que Dios te bendiga y te guarde y ponga en ti su paz»




Magdeburgo, 27 de junio de 1942

¡Mi querido Arno!

La última carta que recibimos de ti fue escrita en noviembre de 1940. Era una carta destinada  a mamá con motivo de su cumpleaños, y llegó a tiempo. Mamá se puso muy feliz por las cálidas palabras que le dedicaste, y todos nos alegramos con ella. Y, por cierto, no hay madre mejor en todo el mundo como la que has tenido, y muchas lágrimas han caído por ti. Pero mamá es una mujer con mucho coraje, también hoy día. Debido al dolor y al sufrimiento que ha venido sintiendo hasta el día de hoy, se ha ganado desde hace tiempo el apelativo de “nuestra millonaria del dolor”. Pero siempre está lista para pelear contra todo lo que le fastidia, y una y otra vez se muestra preparada para enfrentarse con la vida.


¡Un luminoso ejemplo de fidelidad al deber y de fuerza para actuar! Hace casi dos años que mamá está trabajando en la fábrica de abrigos de Max Behr. Hace dos meses tuvo un accidente. Se cayó de manera tan desgraciada que tuvo que estar postrada en la cama durante siete semanas, y todavía no se ha recuperado. Sin embargo, esperamos que todo se soluciones pronto. Como ya he señalado al comienzo de esta carta, tu última misiva fue de noviembre de 1940. Por lo tanto, estamos sin noticias tuyas desde hace ya un año y medio, a pesar de que Estados Unidos se sumó a la guerra un año después. No contamos con una explicación acerca de tu silencio. No se nos ocurriría pensar que se trata de un descuido de tu parte. Pero si, a pesar de todo, ésa fuera la razón, nosotros te perdonamos en este mismo instante.


No sé cuándo llegará esta carta a tus manos. Quizás los sucesos de la guerra te hayan llevado a tierras extranjeras; quizás te veas obligado a participar activamente en combate. Si es así, aprenderás a reconocer las atrocidades de la guerra, que en todos lados son las mismas, tanto aquí como allá, así se trate de naciones supuestamente cultas o de naciones salvajes, todas tienen sus propios motivos para entrar en guerra.
Te estoy escribiendo en momentos difíciles para mí, ya que supongo que ésta es la última [carta] de nuestras vidas. No queremos quejarnos sobre esto, mi querido hijo, sino aceptar con dignidad lo que el destino nos ha deparado. Considero que hemos vivido nuestra vida dignamente, y quisiéramos, si no queda otra alternativa, recibir la muerte de igual modo. Sí, tal vez debamos agradecer a la Divina Providencia que nos haya otorgado tantos años, durante los cuales pudimos vivir con tranquilidad, mientras que hace ya mucho tiempo que cientos de miles de hermanos de sufrimiento llegaron a su amargo y precipitado final. 


Tal vez te tranquilice oír la verdad, y ésta es que durante los largos años de tu ausencia no hemos sufrido para nada. Siempre tuvimos trabajo y pan para comer, y vivimos sin ser molestados. El año 1942 también aquí trazó una línea divisoria. Incontables decretos y leyes restringieron en gran medida nuestras posibilidades de vida; uno no puede dar ni siquiera un paso sin tropezarse con un obstáculo.
El trabajo está tornándose cada vez más difícil para nosotros, debido a un sinnúmero de prohibiciones ridículas, como por ejemplo la de viajar en tranvía al lugar de trabajo, independientemente de la distancia. Ya no es posible disfrutar ni de la más modesta forma de ocio, puesto que se nos ha prohibido pisar el césped y concurrir al cine. Y mejor no hablar del tema de la alimentación. Ahora, por último, nos espera la deportación a Polonia, donde se encuentra nuestra tumba. Pero debes saber, hijo, que también en esta hora nuestro espíritu está contigo, que siempre estaremos contigo. Siempre me alegró mucho oírte decir, durante los años de tu infancia, que tu padre es tu mejor amigo. Solíamos salir a pasear por los hermosos bosques cercanos a Möser, y tú te prendías con fuerza de la manga de mi abrigo¡



Ya han pasado ocho años desde aquellos días! Si bien nos ha sido difícil separarnos de ti, no nos lamentamos de haberte enviado al otro lado del gran lago, porque gracias a ello pudiste escapar de diversas cosas aquí. Hoy ya tienes 21 años y estás hecho un hombre. Por lo tanto, ¡acepta tu destino y enfréntate a él como un hombre! No te dejes desanimar por el hecho de que la suerte haya golpeado rudamente a tus seres queridos. ¡Porque toda la humanidad ha sido herida y golpeada con crueldad! Lucha para hacer feliz a tu corazón. No pienses que ello implica deshonrar a tus familiares.
Debes estar seguro de que también aquí, a pesar de tanto sufrimiento, no hemos dejado de ser felices. A ello se dedica tu querida hermana. Mientras estuviste con nosotros, fuiste un buen muchacho y mereciste nuestro amor. Has sido una persona recta y considerada. Y nosotros esperamos que no hayas cambiado en este aspecto. ¡Sé decente en tus acciones y en tu espíritu! ¡Aléjate de toda la mugre, cualquiera sea el color de ésta! ¡Estudia, como  corresponde, y gánate siempre tu propio pan! Una ola de odio hacia Alemania se ha expandido hoy por todo el mundo. No dejes que esta ola te avasalle. ¡Porque no somos los únicos que han sido condenados a sufrir! 


Hay también millones de buenos alemanes cuya suerte les ha sido esquiva. Si nadases junto a esta ola de odio hacia Alemania, herirás también a amigos de tus padres, los cuales han mantenido su amistad hacia nosotros hasta este mismo día y, de este modo, se han arriesgado voluntariamente. Deberás agradecer por siempre a mi querido amigo el Padre Radecke y su familia, de quien recibirás esta carta y algunas otras cosas. Tampoco debes olvidar a Paul y a tía Lieschen. Todos contribuyeron para que nuestra vida fuera más soportable. Y te ofrezco otro buen consejo: Sé un buen ciudadano de tu país, pero no te metas en política. 


Hoy siento que los judíos que se dedican a la política son los enterradores de su propio pueblo. Nunca he tenido gran consideración por la religión de las letras [sic]. Sin embargo, estimo que no hay nada que ocurra meramente por azar, que detrás de cada acontecimiento se esconde un profundo significado, y que los cortos de vista no logran captarlo. Por ende, también nuestro destino nos había sido entregado ya en la cuna. No podemos escaparnos de este destino, no importa cuánto luchemos contra él. Debemos ir por el camino que nos ha sido señalado hasta su fin. Entre nosotros, mi querido hijo, se despliegan países y amplios océanos. Tal vez, no volvamos a vernos nunca. Pero con todo mi espíritu te abrazo, y apoyo mi mano sobre tu cabeza y te brindo desde la distancia una bendición de padre, la bendición con la cual nuestros ancestros bendijeron a sus hijos desde tiempos pasados: “Que Dios te bendiga y te guarde. Que Dios haga resplandecer Su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia. Que Dios alce sobre ti Su rostro, y ponga en ti paz”. Amen.
Con amor y lealtad,

Tu padre Julius Josep




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